Una cama. Cuatro bultos formados por patas y ronquidos debajo de las sábanas.
Las 5 de la mañana y suena el despertador del móvil en el comedor, por aquello de no tener ciertas vibras tecnológicas cerca. Por supuesto suena también Alexa, no vayas a ser que falle el móvil.
Llevo ya tres semanas haciendo ejercicio cinco días a la semana, no muy intenso pero el suficiente como para que mi flacidez no sea la versión más animada de mí misma, y pongo a Dios por testigo, como si fuera la Srta. Scarlett, que cada vez estoy más tiesa.
¿Cómo se explica esto?
Porque es poner el pie en el suelo y soy como la de las muñecas de famosa versión chunga, no puedo ni agacharme prácticamente para sentarme en el WC.
Y a la que caliento un poco, desaparece.
Me siento en el trabajo, ni rastro.
Me siento en el sofá, aparece.
Está claro que es cuando los músculos se enfrían y también que lo de hacer el vago no le va, pero ¿por qué me pasa esto?
Tengo la ligera sospecha de que a cierta edad, ir hacia muscle man es mucho más complicado, que no es que quiera volverme una loca de la musculación que solo quiero coger fuerza, tener un core de hierro, ser elástica como un chicle, insuflarme del espíritu de Eva Nasarre, en resumen, ponerme en forma, solo que empiezo con unos años de retraso y creo que veré la luz al final del túnel de aquí a un año más o menos, o no la veré nunca, o sí, pero una luz de túnel real y entonces ya no tendré dedos para escribir.
Es como si fuese andando por un lado como una petaca de pila y, por otro lado, como si tuviese el culo de un mandril (de las agujetas, lo levanto).
Y por si alguno se ha preguntado si aún existen las pilas de petaca, os diré que sí, aún existen.
Comentarios
Publicar un comentario